jueves, 5 de mayo de 2016

Francis Ponge - La lluvia



Francis Ponge - La lluvia

    La lluvia, en el patio donde la veo caer, desciende en cadencias diversas. En el centro, es una delgada cortina (o red) discontinua, una caída implacable pero relativamente lenta de gotas probablemente bastante ligeras, una fracción intensa del meteoro puro. A poca distancia de los muros de derecha e izquierda caen con más ruido unas gotas más pesadas, individuadas. Aquí, parecen del grosor de un grano de trigo, allá de una arveja, más allá casi una canica. Sobre las molduras, sobre los alféizares de la ventana, la lluvia corre horizontalmente mientras que en la parte inferior de los mismos obstáculos se suspende en forma de caramelos convexos. Siguiendo la superficie de un pequeño techo de zinc que la mirada sobrevuela, corre en capas muy delgadas, ondeada a causa de corrientes muy variadas por las imperceptibles sinuosidades y relieves del techo. De la canaleta contigua en donde corre contenida por un arroyo seco y sin pendiente, cae de repente en forma de un delgado hilo perfectamente vertical, bastante mal trenzado, hasta el suelo donde estalla y resurge en alfiles brillantes. 
    Cada una de sus formas tiene una cadencia particular; le responde un ruido particular. El todo lleva una vida intensa como un mecanismo complicado, tan preciso como azaroso, como un reloj cuyo resorte es el peso de una masa dada de vapor en precipitación. 
    El sonido en el suelo de los hilos verticales, el gluglú de las canaletas, los minúsculos golpes de gong se multiplican y resuenan a un mismo tiempo en un concierto sin monotonía, no sin delicadeza. 
    Una vez que el resorte se distendió, algunos engranajes un tiempo más siguen funcionando, cada vez más lentos, luego toda la maquinaria se detiene. Entonces si el sol vuelve a salir, todo desaparece enseguida, el brillante aparato se evapora: ha llovido. 

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